AMOR DE ADICTA

Por fortuna siempre huí de hombres con problemas de adicciones como los míos, la viciosa compulsiva que disfrutaba con sus malos hábitos a escondidas de los todos era yo.

Sí, las dependencias han tenido un impacto negativo en mis relaciones amorosas pero ya no me culpo por ello: mis chicos eran víctimas colaterales que desconocían mis problemas.

He estado casada hasta hace unos meses… Desde el principio fue una relación agridulce y al final tan amarga, que la coca y el cannabis se convirtieron en mis amantes.

Sin embargo, detrás de mi comportamiento absurdo se esconden alguna verdades que me no me fueron sencillas de ver, entender y asimilar.

 Al final ya ni siquiera sentía los efectos de las sustancias, pero desviaban mi atención hacia fuera de mí: ahora sé que la droga me impedía tener un encuentro conmigo misma.

Relaciones no tóxicas

Te cuento que una vez me crucé con otro amigo íntimo de la coca que no veía problema alguno en consumir habitualmente y tuve el valor de apartarlo de mi camino antes de cogerle más cariño.

Cualquier intento de rescatarlo a él iba a ser inútil y era más que probable que la que la perjudicada en esa lucha fuera yo, así que superé con éxito esas trampas, ole por mi!.

¿O quizá hay poco que celebrar y es que no estaba enamorada?

De pequeña ya presencié demasiadas discusiones por culpa de los excesos de mi padre y siempre supe que mi hogar no sería el de una pareja de dependientes, para no hacer de mis hijos unos traumatizados como yo siempre fui hasta que me rendí ante lo mismo que destrozó mi infancia.

Los hombres de mi vida

He tenido tres relaciones largas y sólo el primer noviete compartía vicios conmigo.

En realidad fui yo la que se los dio a conocer y a menudo me he sentido culpable por sus posteriores excesos.

Pero ya se sabe, adolescentes de buena casa y esas cosas pasaban sólo los fines de semana para divertirnos aún más.

Duró seis años y en la última época era él quien iba más allá de los límites que yo consideraba aceptables, así que para no perjudicarnos más, yo me busqué otras compañías más sanas que no se enteraban de cuando iba de coca (y respetaban mi amor por la Marihuana).


El segundo coincidió con el final de mis estudios y los dos éramos económicamente independientes. Llegamos a convivir pero mi chico no se enteraba de mucho o no quería ver como iba coleccionando malos vicios.

Era el chico perfecto y por suerte siempre será parte de mi vida como un hermano más, pero no pudo evitar que fumara de todo, esnifara cada semana y para no estar en casa, me sumergía en el trabajo hasta límites enfermizos.

Nada me satisfacía a pesar de que a los 25 años ya parecía tener la vida con la que mis amigos soñaban.

Tenía demasiadas heridas que sanar y a la par era mi respuesta ante una vida rutinaria que desde muy joven se me hacía insoportable.


Con el papá de mis niños se impuso la restricción total de libertades y casi de movimiento así que tuve que abandonar los lavabos de la discoteca y de la oficina en la que trabajaba a deshoras. Era el turno de hacer vida de madre responsable y pasé a exiliarme en los lavabos a los que asisten la gente de bien.

Aparentemente mi vida fluía con total normalidad dentro de la inquietud que me caracteriza, pero ni siquiera la existencia de mis dos hijos hicieron que renunciara a las drogas como el antídoto al dolor de alma que arrastraba desde niña.

El final de la relación siempre fue cuestión de tiempo, siempre tuvimos una relación poco cordial, mi pareja era antidroga total y mis vicios un motivo de peso para culparme de todo, así que me la jugué mucho.

Estoy convencida de que, de haber sido descubierta en casa o en el trabajo, el diablo de mi ex me hubiera intentado hundir en la miseria, ahora no tendría la custodia a mi favor y ni siquiera me permitiría ver a mis niños. 

También es posible que ahora estuviera en un centro interna, o al menos viviera en la casa de mi madre bajo vigilancia.

Se me hubiera caído el mundo encima!

El gran subidón no me lo provocaba la raya en sí, sino en ritual que comportaba exiliarme en el lavabo, o en cualquier lugar en el que creyera que disponía de 30 segundos para meterme una más sin que nadie lo notara.

Repitiendo patrones

Como imagináis, al acabar mis relaciones de amor, incrementaba el consumo de coca, mis actitudes compulsivas y los paseos nocturnos. Siempre celebré las rupturas con repetidas fiestas privadas en las que las drogas eran las homenajeadas.

En realidad mis intenciones no eran cambiar de compañero de cama, sino más bien me molestaban en el cambio de vida que en cada etapa necesitaba. La cosa funcionaba más o menos así:

  1. Acababa la relación con ellos.
  2. Pedía el finiquito voluntario en el trabajo de turno.
  3. Hacía las maletas y viajaba sola para sentirme por fin libre, ver cosas diferentes y vivir mis adicciones con toda impunidad. La coca era mi amante y los porros mis fieles amigos.
  4. Cuando se me acababa el dinero, era momento de recomponer mi vida, ponerme a trabajar en cosas que me desagradaban y reducir el consumo.

Y A TÍ, ¿COMO TE HA IDO EN EL AMOR?

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